Hay veces donde me muero de ganas de hacerle la contra. Sí. Me
retuerzo pensando que tengo que hacerlo si o si. Para que le duela. Para que
sepa lo que siento… Pero no sé si estoy imbécil, o si realmente cambié, que no
puedo. No me animo. No le pongo predisposición a la maldad… No… Nada. Cero. Lo
pienso más de dos segundos y me doy cuenta que es una estupidez y que no vale pena
gastarme en eso.
Pero después veo esas cosas, que me generan mal estar. Y, siento por
dentro una revolución indescriptible. Que me amarga la existencia. Que me
cambia el humor y hasta me hace poner triste. Y ahí vuelvo a rasparme y empiezo
a dudar: “¿Lo hago? Sé que le molesta, y que le va a joder. Sí, tengo que
hacerlo”. Pero debe ser el destino que me dice que no, porque cuando quiero
hacerlo, escaseo de oportunidades. Es injusto. Es re-contra injusto. No puede
ser que cuando estoy a punto de hacerlo me arrepiento. Me odio. Sí, me odio
mucho.

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